viernes, 16 de julio de 2010

Siete vidas tiene un coche

Cuando sacamos a mi pequeño Peugeot 206 del concesionario, hace ya 12 años y 2 meses, y, delante del garaje de mi madre, apreté el acelerador en vez del freno (ups!) tatuando la esquina derecha del nuevo y reluciente coche con las rayas negras y rojas de la barra de la puerta... ya se podía intuir que nuestra relación iba a ser, al menos, intensa.
Cuando esta tarde iba conduciendo tranquilamente por una urbanización campestre y, de repente, sin saber cómo (así es como pasan estas cosas) he incrustado el coche en un bordillo (de dónde ha salido???), quedando la rueda delantera derecha (es mi lado malo) colgando en el aire, y el eje de la dirección clavado en los restos de ladrillo cara-vista que integraban el susodicho bordillo... he agradecido que nuestra relación, además, esté siendo larga.
Por supuesto, ante algo así siempre sale un público, vecinos, curiosos, viandantes, y todos se preguntan (invariablemente) cómo has podido hacer semejante hazaña, mientras te miran con una mezcla de estupefacción y descojone. Ellos no entienden que NO has visto el bordillo (piedra, columna o mobiliario urbano) porque desde su punto de vista es evidente que estaba ahí. ¿Cuál es la razón, entonces, de que tú no lo hayas visto? Mi madre (otra abolladora profesional) dice que es la edad. Pero no, no nos engañemos. Es un rasgo de personalidad. Abollas o no abollas. No se hace, se nace. Y yo ya lo he asumido: YO ABOLLO. Y por eso llevo, a mucha honra, un coche de más de una década que, además de que el asiento está acoplado 100% a mi culo, me permite, en estos casos, reir en vez de llorar. Que se lo digan al de la grúa, al que le he contagiado el ataque de risa por teléfono... "es que usted no sabe la que he montao"

Bueno, y un poco de musiqueli ahora, un poco caótica, como el dia de hoy.



PD. Ah! Se me olvidaba. El fin de la historia: después de ser remolcados, mi cochecito y yo nos hemos ido felizmente solitos por la autopista. Siete vidas tiene un coche...

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