Para esta comida española insustituible (e intraducible) llamada la merienda, ¿qué mejor que un chocolate caliente con algo para mojar? Uno de esos que no se bebe, se come con cuchara, y necesitas 3 vasos de agua para compensar.
Para mí el truco para tomar un buen chocolate ha sido siempre ir y comprarlo hecho. Lo de hacerlo con el cacao en polvo removiendo la cazuela humeante queda muy hogareño, pero el grumo está asegurado. Así que después de años de leer a conciencia las instrucciones de los paquetes y hacer incursiones en google para intentar resolver la ecuación temperatura-echar el polvo(?)-remover, acabé aceptando mi grumo como el que acepta su calvicie. Incluso, para casos de mono intenso, desarrollé la técnica "aplasta-el-grumo-con-la-cuchara-que-nadie-se-entera". Y no debo ser la única con este problema, porque ahora lo venden espesito de paquete (aunque a mí me recuerda a la mayonesa en formato pasta de dientes, que parece que estés explotando un grano infinito).
Con todo esto, el otro día decidí hacer un chocolate para mi abuela, que estaba malita, como la de Caperucita. Con titubeos y pensando "si me quiere de verdad aceptará mi grumo", cogí el cazo por el mango y me puse a la faena. Y de repente, una frase, breve, desde el otro lado del pasillo, como quien habla de llover pero te da el secreto de la piedra filosofal... "Ah, acuérdate de que el chocolate se hace poco cocido y muy removido".
Ni google, ni instrucciones de paquetes, ni nada... ¡la abuela tenía la solución! Y me salió el mejor chocolate de mi vida. Digo.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario